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    Un día leyendo poesia...unas pocas

    Para vivir no quiero... Pedro Salinas

    Para vivir no quiero
    islas, palacios, torres.
    ¡Qué alegría más alta:
    vivir en los pronombres!
    
    Quítate ya los trajes,
    las señas, los retratos;
    yo no te quiero así,
    disfrazada de otra,
    hija siempre de algo.
    Te quiero pura, libre,
    irreductible: tú.
    Sé que cuando te llame
    entre todas las gentes
    del mundo,
    sólo tú serás tú.
    Y cuando me preguntes
    quién es el que te llama,
    el que te quiere suya,
    enterraré los nombres,
    los rótulos, la historia.
    Iré rompiendo todo
    lo que encima me echaron
    desde antes de nacer.
    Y vuelto ya al anónimo
    eterno del desnudo,
    de la piedra, del mundo,
    te diré:
    «Yo te quiero, soy yo».
     

     


    Melancolía

    				A Domingo Bolívar
    
    Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
    Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
    Voy bajo tempestades y tormentas
    ciego de sueño y loco de armonía.
    
    Ése es mi mal. Soñar. La poesía
    es la camisa férrea de mil puntas cruentas
    que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
    dejan caer las gotas de mi melancolía.
    
    Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
    a veces me parece que el camino es muy largo,
    y a veces que es muy corto...
    
    Y en este titubeo de aliento y agonía,
    cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
    ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?

    Caminemos

    Olvídate del mundo.
    Piensa solamente en lo que llevas piel adentro
    y sabrás qué dulce y qué sabroso es, de pronto, vivir.
     

    Suicida

    Moriré de suicidio aunque ningún veneno
    me destroce las venas.
    Moriré de suicidio porque he de morir,
    porque la vida pesa
    cuando no hay horizontes donde colgar el alma,
    cuando todas las tierras están muertas.
    
    Yo quisiera tener un beso en cada labio,
    un amor en el hueso,
    una dulce caricia en cada célula,
    y ofrecer un abrazo a cada enfermo,
    un sueño a cada triste,
    un milagro a cada hombre sin remedio.
    
    Sucede que el amor
    no alcanza para nada.
    Se me hace delgadito como hoja de oro
    y a veces, sin quererlo, se me convierte en lágrima.
    
    ¿De dónde saco amor si el mío no me alcanza
    y el de Dios es un cuenco que no se llena nunca?
    
    ¿Cómo voy a sembrarlo, si cuando doy un vaso
    me marcan con angustia?
    
    Por eso esta jornada seré una cosa absurda
    como una calavera en una fiesta
    y muy pronto, en la noche, moriré de suicidio,
    aunque el médico diga que morí de dispepsia.
    
    La muerte mía la llevo, como una tumba, adentro.
    Un día la sacaré y me acostaré en ella.